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Veo sus piernas que confunden al tedio y saben como servir de antídoto al preciosismo afilado.
Se necesita más viento. Dos piezas de aire al día. Una hojita de Whitman y varias gotas de aluminio para saciar el remordimiento, la esperanza.
Se necesitan ramas. Ramas sobre la conciencia. Ramas y toda la multitud latiendo en el centro.
Hay un niño. Congregaciones infinitas de sombras alrededor de su tacto virgen.
Hay oquedad. Lo profundo. La convicción moral del que sale del amor oliendo a savia de higuera.
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| LA VENTANA ESCONDIDA |
Está detrás de todo
Tiene el tamaño exacto de tu miedo;
se abriga bajo el hierro de los años,
al calor de un recuerdo sin salida,
a la luz de una sombra inabarcable.
Es nombre y cifra y mapa y desmemoria.
Laberinto sin días, aire enfermo,
está detrás de todo y es tu imagen.
Francisco José Martínez Morán
www.variadasposicionesdelamante.blogspot.com/
«Determinadas posesiones son un crimen por ejemplo los ojos de un perro joven Algunos desprendimientos usura como el de la responsabilidad sobre tus esclavos o la sangre del prudente Pero lo imperdonable hoy es echar tela asfáltica sobre el lecho de las magnolias y podar la sombra de los balcones o tapiar el mirador al mar de tu pueblo costero Hacer en la cena de año nuevo un brindis por los fondos de inversión especulativos y llamar pringao al indígena que defiende con su vida el palmo de tierra de sus ancestros Si lloviera ácido no estaríamos peor Hoy las palabras están flacas y llenas de pulgas Algo tendría que decir la poesía Pero ¿con qué coraje humildad precisión y dignidad si lleva tanto tiempo mirando a la luna de espaldas al mundo? »
http://viktorgomez.blogspot.com
http://asociacionpoeticacaudal.blogspot.com
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Cuando abro la ventana de la habitación, siento cómo el viento helado me seca la cara. Cuando la cierro, sé que será la última vez que examine la asepsia paisajística que se ve desde mi dormitorio, el edificio del número 61 de Arnuf Street, una proeza arquitectónica que tapia mi visión y me obliga a mirar a las alturas cada vez que necesito experimentar una leve sensación de vida. Una vida que, desde hace tiempo, decide, sin mi consentimiento, adoptar el mismo aspecto enemigo que la regia fachada que ahora tengo delante.
Saco del armario un sombrero de ala ancha negro, con un fino remate de terciopelo gris, el mismo gris de mi abrigo de lana gruesa. Y me pongo los guantes que me regalaste y aún no he estrenado. Miro mis manos ya enguantadas, y acaricio la suave piel. Y reparo en los finos huesos de las falanges de mis dedos largos y flacos.
Erguido en la entrada del dormitorio, observo lentamente mi pequeño piso, ordenado, oscuro y lleno de recuerdos que ocupan sin sentido un lugar en mi memoria. Porque tú ya no estás y nada ni nadie suplen tu ausencia. Me acerco a la mesa de mi despacho a coger las llaves para cerrar la puerta pero pienso que para qué. No volveré nunca más. Y, antes de cerrar, me despido del pasado.
El trayecto en ascensor desde el piso 12 se hace interminable y mientras espero a llegar al portal, reparo en el lustre de mis botines. Incómodos pero bonitos. Y salgo de casa, apocado, a una calle llena de gente que me amenaza como una plaga. Y en la otra acera, me esperan las puertas de entrada al edificio del número 61 de la calle Arnulf, que están, como siempre, abiertas y flanqueadas por los mismos dos guardias de seguridad a quienes llevo dando los buenos días desde hace quince años. Mi oficina está en el primer piso.
Hoy, sin embargo, cambio mi ruta y entro en uno de los ascensores, que me recibe respetuoso. Pulso el botón 35. El que va al último piso. Y cuando llego, el silencio me hace estremecer. La moqueta negra impoluta acompaña mi breve paseo por el pasillo hasta la puerta de cristal ahumado de acceso al helipuerto. Y salgo afuera, a intentar sentir por última vez esa vida que ya no tengo. El frío, a esa altura es aún mucho más cruel. Sobre mis botines, giro el cuerpo para ver el cielo de Münich, hostil, como todo lo que me rodea desde que no estás.
Según me acerco al precipicio, me quito el sombrero y lo dejo caer al suelo. El viento se lo lleva antes de que se pose en la grava y sigo su ondular hasta perderlo de vista. Y mientras respiro el aire contaminado de la ciudad, miro abajo y el vértigo me hace retroceder un paso. De inmediato, algo me recuerda que estoy allí para irme. Pero antes, pienso en ti y en lo felices que fuimos. Y también pienso en si hay algún remedio para evitar esto. Yo, hasta hoy, no lo he encontrado.
Y salto al vacío.
Saco del armario un sombrero de ala ancha negro, con un fino remate de terciopelo gris, el mismo gris de mi abrigo de lana gruesa. Y me pongo los guantes que me regalaste y aún no he estrenado. Miro mis manos ya enguantadas, y acaricio la suave piel. Y reparo en los finos huesos de las falanges de mis dedos largos y flacos.
Erguido en la entrada del dormitorio, observo lentamente mi pequeño piso, ordenado, oscuro y lleno de recuerdos que ocupan sin sentido un lugar en mi memoria. Porque tú ya no estás y nada ni nadie suplen tu ausencia. Me acerco a la mesa de mi despacho a coger las llaves para cerrar la puerta pero pienso que para qué. No volveré nunca más. Y, antes de cerrar, me despido del pasado.
El trayecto en ascensor desde el piso 12 se hace interminable y mientras espero a llegar al portal, reparo en el lustre de mis botines. Incómodos pero bonitos. Y salgo de casa, apocado, a una calle llena de gente que me amenaza como una plaga. Y en la otra acera, me esperan las puertas de entrada al edificio del número 61 de la calle Arnulf, que están, como siempre, abiertas y flanqueadas por los mismos dos guardias de seguridad a quienes llevo dando los buenos días desde hace quince años. Mi oficina está en el primer piso.
Hoy, sin embargo, cambio mi ruta y entro en uno de los ascensores, que me recibe respetuoso. Pulso el botón 35. El que va al último piso. Y cuando llego, el silencio me hace estremecer. La moqueta negra impoluta acompaña mi breve paseo por el pasillo hasta la puerta de cristal ahumado de acceso al helipuerto. Y salgo afuera, a intentar sentir por última vez esa vida que ya no tengo. El frío, a esa altura es aún mucho más cruel. Sobre mis botines, giro el cuerpo para ver el cielo de Münich, hostil, como todo lo que me rodea desde que no estás.
Según me acerco al precipicio, me quito el sombrero y lo dejo caer al suelo. El viento se lo lleva antes de que se pose en la grava y sigo su ondular hasta perderlo de vista. Y mientras respiro el aire contaminado de la ciudad, miro abajo y el vértigo me hace retroceder un paso. De inmediato, algo me recuerda que estoy allí para irme. Pero antes, pienso en ti y en lo felices que fuimos. Y también pienso en si hay algún remedio para evitar esto. Yo, hasta hoy, no lo he encontrado.
Y salto al vacío.
Javier Ubieta.
www.disturbingcodes.blogspot.com
VISCERATUR MAGNOLIA
IV
«Oscilante movimiento el puñal al puño palabra de filo mortal en la vena falla que se abre voraz Anemia de los náufragos - acento parisino- el coronel dejó propina aun la peonza gira y gira U que dobla sobre la T casi la erosión del falo acero que busca de cuajo sacarte las entrañas dar de comer a los cuervos Vaivén del mudo taxista ebrio en la esquina junto al hipódromo ballestas saetean al mulato hijo del indocumentado pirao que vendía farlopa a los regatistas Honra el resbalón y en zigzag gana el foso de arena la atleta jubilada País que ya no existe otro dictador cambio la contraseña del candado La sierra minera no llegarán las transferencias Cenaremos en casa con la tele -llagas en las ventanas que no cierran- puesta y así no tendremos que hablar de los nigerianos atrapados entre las mareas Noventa y siete ahogados Péndulo sobre la frontera temblor de esa cuerda que pudo estar al cuello nadie viaja gratis Hace frío en tu escalera ya no duerme el rumano gotea el puñal la vejiga está a punto de reventar Hay pan duro de ayer y algo de mermelada Para qué más de una comida no hemos resuelto aun como escapar de los zulos de los CIEs de las comisarías de los negreros de las balsas de los especuladores de los medios de comunicación de los racistas de las bandas organizadas del sermón de los pijos de la bata blanca de las cunetas de los sótanos Curvada vuelta y vuelta cae la fruta pocha Las hojas la tapan cuando el viento revuelve la tarde sin ángeles ni cipreses Vamos pisando por el camino asfaltado sin mirar a las cunetas Sin mirar Sin miramientos.»
«Oscilante movimiento el puñal al puño palabra de filo mortal en la vena falla que se abre voraz Anemia de los náufragos - acento parisino- el coronel dejó propina aun la peonza gira y gira U que dobla sobre la T casi la erosión del falo acero que busca de cuajo sacarte las entrañas dar de comer a los cuervos Vaivén del mudo taxista ebrio en la esquina junto al hipódromo ballestas saetean al mulato hijo del indocumentado pirao que vendía farlopa a los regatistas Honra el resbalón y en zigzag gana el foso de arena la atleta jubilada País que ya no existe otro dictador cambio la contraseña del candado La sierra minera no llegarán las transferencias Cenaremos en casa con la tele -llagas en las ventanas que no cierran- puesta y así no tendremos que hablar de los nigerianos atrapados entre las mareas Noventa y siete ahogados Péndulo sobre la frontera temblor de esa cuerda que pudo estar al cuello nadie viaja gratis Hace frío en tu escalera ya no duerme el rumano gotea el puñal la vejiga está a punto de reventar Hay pan duro de ayer y algo de mermelada Para qué más de una comida no hemos resuelto aun como escapar de los zulos de los CIEs de las comisarías de los negreros de las balsas de los especuladores de los medios de comunicación de los racistas de las bandas organizadas del sermón de los pijos de la bata blanca de las cunetas de los sótanos Curvada vuelta y vuelta cae la fruta pocha Las hojas la tapan cuando el viento revuelve la tarde sin ángeles ni cipreses Vamos pisando por el camino asfaltado sin mirar a las cunetas Sin mirar Sin miramientos.»
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